lunes, 27 de febrero de 2012

Pájaros en la cabeza.

   Puf, hacía un montón que no actualizaba! (debería volver a cogerlo por costumbre... xD).
   En fin, voy al grano que esta entrada ya va a ser bastante larga de por sí.

   El caso es que estoy trabajando en un cuento infantil ilustrado/cómic (tiene un poco de las dos cosas). Después de pasar un primer filtro de amigos cercanos a los que le he dado muchísimo el coñazo con esto, he decidido hacer la primera publicación para que cada cual haga sus aportaciones, que seguro que me son útiles. Así que gracias por dedicarle un ratito a leerlo y doble gracias si hacéis alguna aportación, ya digo que será bien recibida ^^. Os dejo la historia:



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Pájaros en la cabeza.

    Érase una vez en un lugar muy muy lejano, un país muy parecido a este. Casi podría decirse que era exactamente igual, pero eso no sería del todo cierto. Sí, el cielo era azul, había árboles, montañas y grandes ciudades repletas de casitas o grandes edificios donde vivía la gente. Los coches iban por la carretera, los barcos surcaban el mar y los aviones dejaban estelas en el cielo. Los adultos iban a trabajar, los ancianos saboreaban sus días de ocio y los niños... bueno, esa es la diferencia: los niños. Por alguna extraña razón, todos los niños, nacían con un pequeño huevo en la cabeza, que crecía con ellos. Al llegar a cierta edad, el huevo eclosionaba y un pequeño pajarito anidaba en sus cabezas. Poco duraba esta relación con sus pajaritos porque, al igual que sus abuelos habian hecho con su padres, éstos les obligaban a deshacerse de aquellos "incómodos animales" lo antes posible. .

Pero había una niña diferente al resto: se llamaba Irene. A Irene no le gustaban los cuentos de princesas en los que todo siempre era de color rosa. Ella prefería las historias de piratas, o las de aventureros que arriesgaban sus vidas para acabar con malvados villanos. Lo que más le gustaba Irene era subirse a los árboles e imaginar sus propias aventuras. Y lo que más odia es que le cepillen el pelo. Tampoco le gusta llevar pendientes, bueno, no es que no le guste, es que los pierde siempre.
Quizá precisamente por todo eso cuando Irene descubrió aquella mañana que su pajarito había salido del huevo, no le importó en absoluto, es más, ¡se sentía muy contenta de tener a un nuevo compañero de aventuras!
Cuando el pajarito nació, Irene tuvo que descubrir qué comía. Probó con migas de pan, magdalenas, frutas e incluso chocolate, pero nada. Descubrió que aquel pajarito no era un pajarito común, pues lo que más le gustaba comer eran historias. Sus favoritas eran las de aventuras, seguidas muy de cerca por las historias de miedo.
Conforme el pajarito fue creciendo, su curiosidad fue aumentando. Irene y él leían todo tipo de libros y pasaban todo el tiempo juntos.
Pero Irene era la única del cole que seguía teniendo su pajarito, y su mamá intentaba convencerla de que se lo quitara de la cabeza, sin conseguirlo.
Un día el pajarito empezó a contarle historias al oído, e Irene se dio cuenta de que sólo ella podía entenderlas. A Irene, le encantaban esas historias que no estaban escritas en ningún libro, y por eso, le daba un poco de pena que sus amigos no pudieran entenderlas, así que un día empezó a escribirlas todas en una libreta, incluso hacía los dibujos!
Un día, la mamá de Irene le preguntó qué era eso que siempre estaba escribiendo, y ella se lo explicó y compartió con ella una de las historias. Al ver lo feliz que era Irene con su pajarito, su mamá aprendió a quererlo como uno más de la familia y permitió que su nido siguiera en la cabeza de su hija.

    Cuando Irene creció, lo tenía claro: Sería escritora, y compartiría las historias que el pajarito le contaba al oído con todo aquel que quisiera leerlas. Publicó todas las historias que había escrito en su libreta, y todas ellas tuvieron mucho éxito. Incluso escribió su propia historia en la que contaba cómo su pajarito le había ayudado a ser lo que hoy en día era.
A partir de entonces, las mamás dejaban que los niños crecieran con pájaros en la cabeza, e incluso les enseñaban a cuidarlos.
Pronto, los niños se dieron cuenta de que no todos los pajaritos comían historias, como el de Irene. Algunos pajaritos preferían los números, ¡y hacían las multiplicaciones más difíciles en un abrir y cerrar de ojos! A otros les gustaban las partituras, haciendo que los niños tuvieran grandes aptitudes musicales. Otros pajaritos degustaban guiones de teatro o películas, haciendo que los niños desarrollaran un gran talento como actores. Otros comían lápices de colores, y sus niños se convertían en grandes artistas y dibujantes.

   Y así fue como los habitantes de aquel país se dieron cuenta de que no sólo se podía llevar una vida normal con pájaros en la cabeza, ¡si no que además era una vida muy divertida! Y colorín colorado, este cuento, se ha acabado.



1 comentario:

Cr!ssty dijo...

Me encantó tu cuento!! Muy hermoso!! Ahora sabemos qué hacer con los pájaros en la cabeza!!

Un abrazote, gracias por compartir vida!!